SAMOVAR

El té con el samovar es una de las imágenes más difundidas de la vida tradicional rusa. Es difícil encontrar un ruso que no haya oído hablar de este utensilio o no tenga al menos una idea de lo que es. Sin embargo, el samovar no sólo es un curioso sistema para calentar el agua y mantener su temperatura. Es un vistoso fenómeno del arte decorativo y la producción manufacturera.

“La dueña se instaló ante el samovar y se quitó los guantes. Los invitados, tomando sus sillas con ayuda de los discretos lacayos, se dispusieron en dos grupos: uno al lado de la dueña, junto al samovar; otro en un lugar distinto del salón, junto a la bella esposa de un embajador”. Sólo un párrafo de la inmortal novela Anna Karenina, de León Tolstoi, muestra la importancia de este utensilio en la vida cotidiana de Rusia.

Aparición e historia del samovar

El término “samovar” viene de dos palabras rusas: samo, que significa “por sí mismo”; y varit, que significa “hervir”. Básicamente se trata de una caldera que cuenta con un tubo central en el que se aloja el combustible con el que se mantiene la bebida a una temperatura constante y caliente. En el pasado dentro de esa chimenea se quemaba carbón o piñas de pino, manteniendo la llama con ayuda de un bote que ponían en la parte interior del tubo.

La aparición del samovar está estrechamente relacionada con el sbiten, la bebida rusa más popular desde la antigüedad, una infusión de miel y especias. Los vendedores de esta bebida inventaron el sbítennik, artilugio que servía para mantener la temperatura de la bebida. A diferencia del samovar, aquel recipiente no tenía grifo. Además, un samovar clásico se usa para calentar el agua, mientras que el sbítennik sólo mantenía la temperatura.

Poco a poco el té, que llegó a Rusia en 1638, alcanzó popularidad y se empezó a extender el uso del samovar para el consumo de la nueva bebida. Por tanto, los rusos adoptaron el ritual de tomar té con sus propias peculiaridades. Al principio preparaban el té en una tetera pequeña, después echaban el líquido a las tazas y añadían agua en proporciones de 1:3 o 1:4 (depende de la intensidad deseada). Precisamente por eso apareció en Rusia la necesidad de un recipiente que calentara el agua.

Tras investigar los procesos que se dan en el samovar clásico, los científicos afirman hoy que es un mecanismo ideal para calentar el agua y que al mismo tiempo la suaviza y filtra. Se dice que el té obtenido con un samovar resulta más intenso y ofrece distintos matices de sabores. Para los rusos de los siglos XVIII y XIX el samovar era atractivo sobre todo porque permitía calentar más rápidamente el agua, ya que en aquel entonces para cocinar utilizaban los hornos de piedra, que había que calentar con leña.

La misma idea de un recipiente de este tipo viene de antiguo. Existían análogos del samovar ruso en la Antigua Roma y China, donde los usaban para preparar la comida. Pero el samovar es para calentar y mantener caliente el agua y ahí radica la diferencia principal, por eso necesita un grifo.

Los primeros samovares aparecieron en los Urales en la segunda mitad del siglo XVIII. El invento ganó popularidad muy rápido por ser muy fácil de manejar: para su utilización servía no solo el carbón vegetal, sino también cualquier yesca. La velocidad de calentamiento del agua en el samovar era más alta que en la tetera y además la temperatura del agua se mantenía durante mucho tiempo, por lo que el ama de casa no tenía que preocuparse por hervir más agua. Finalmente, era más cómodo servir el té desde este recipiente. Por todas estas causas el samovar se convirtió en un atributo insustituible de la vida cotidiana rusa.

Pasado poco tiempo empezaron a producirse samovares en Rusia Central: en Moscú, Perm, Yaroslavl, Arjángelsk y sobre todo en Tula. En el siglo XIX esta ciudad llegó a ser un símbolo de la producción de samovares, “una capital del samovar”. Anualmente se producían en Tula más de 100.000 de estos utensilios. ¡Y todos hechos a mano!

En aquel entonces la producción de samovares y cafeteras ocupó un lugar importante en la industria metalúrgica del país. Generalmente se fabricaban de cobre verde, rojo y amarillo, hierro, acero de Tula y latón. La gente adinerada tenía samovares de oro y plata que eran auténticas piezas de arte.

Tradicionalmente los samovares se hacían a mano y en la producción de cada uno participaban varias personas. Por eso, por lo general se ocupaban de la producción de los samovares cuadrillas de artesanos. No fue hasta finales del siglo XIX, cuando las máquinas de vapor llegaron a Rusia, que se empezaron a usar éstas para la producción de los samovares. Entonces los recipientes se estandarizaron y las formas se simplificaron considerablemente. Sin embargo, incluso en la actualidad se puede encargar un samovar hecho a mano, por ejemplo, en Tula.

Con el correr del tiempo, a la par que cambiaban los gustos, se modificó el diseño de los samovares. Así, al comienzo de su existencia reproducían la forma de las copas rusas de cobre. A finales del siglo XVIII los samovares imitaban los recipientes del mundo antiguo: ánforas, urnas… el estilo clásico estaba de moda. A principios del siglo XIX, en la época del estilo imperio, solemne y recargado, se producían samovares con ese carácter. Otros tenían detalles del Barroco, Rococó, Clasicismo, Modernismo, etc. La mayor diversidad de los samovares en formas y decoraciones se dio a mediados y a finales del siglo XIX.

En este mismo siglo aparecieron samovares de petróleo y de alcohol, y se llegó a inventar el denominado “samovar combinado”, que funcionaba con tres tipos de combustible: alcohol, petróleo y carbón vegetal. Sin embargo, esta innovación no gozó de popularidad entre los compradores.

A mediados de los años 50 del siglo XX apareció otra novedad en la técnica: el samovar eléctrico. Aunque las costumbres se pierden, en el país todavía hay quien disfruta de una taza de té con tal samovar, muchos turistas compran estos hermosos ejemplos de tradición Rusa para llevar con ellos de regreso a sus países.

Algo más que un utensilio para calentar agua

La particularidad del samovar ruso radica en que refleja la tradición rusa de tomar té y corresponde a una auténtica forma de vida. Nunca, en ningún otro lugar del mundo, un utensilio de cocina ha gozado de tal respeto como en Rusia. Ningún otro recipiente ha tenido ese colorido y espiritualidad. Sólo en Rusia se ha creado un culto peculiar del samovar.

En cada casa, en cada familia el samovar ocupaba el mejor lugar en las habitaciones y siempre estaba en el centro de la mesa. Lo llamaban con respeto “amigo de la familia” o “el general de la mesa”. Y sólo en Rusia se convirtió en una parte integrante de la historia del pueblo, de su cultura y su modo de vivir.

Algunos datos curiosos:
El samovar activo más grande del mundo se produjo en 1995 en la fábrica de construcciones mecánicas de Tula “Shtamp”. El peso de este gigante es de 500 kilos y su volumen, de 450 litros.
El samovar más pequeño del mundo lo realizó el cerrajero del Instituto de Radiotecnia y Eleсtrónica de la Academia de Ciencias de la URSS, Vasili Vasurenko. En ese pequeño recipiente de 3,5 mm de altura sólo se puede calentar una gota de agua.

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